El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Como estábamos diciendo, el desconocido le hizo a Iván una señal con el dedo para que se callara.
Iván bajó las piernas de la cama y le miró fijamente. Por la puerta del balcón se asomaba con cautela un hombre de unos treinta y ocho años, afeitado, moreno, de nariz afilada, ojos inquietos y un mechón de pelo caído sobre la frente.
Al cerciorarse de que Iván estaba solo, el misterioso visitante escuchó por si había algún ruido, miró en derredor y, recobrando el ánimo, entró en la habitación. Iván vio que su ropa era del sanatorio. Estaba en pijama, zapatillas y en bata parda, echada sobre los hombros.
El visitante le hizo un guiño, se guardó en el bolsillo un manojo de llaves y preguntó en voz baja: «¿Me puedo sentar?». Y viendo que Iván asentía con la cabeza, se acomodó en un sofá.
—¿Cómo ha podido entrar? —susurró Iván, obedeciendo la señal del dedo amenazador—. ¿No están las rejas cerradas con llave?
—Sí, están cerradas —dijo el huésped—, pero Praskovia Fédorovna, una persona encantadora, es bastante distraída. Hace un mes que le robé el manojo de llaves, con lo que tengo la posibilidad de salir al balcón general, que pasa por todo el piso, y visitar de vez en cuando a mis vecinos.
