El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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El desconocido se había levantado y permanecía de pie. Tenía en la mano un librito encuadernado en gris oscuro, un sobre grueso de papel bueno y una tarjeta de visita.

—Lo siento, pero en el calor de la discusión, he olvidado presentarme. Aquí tienen, mi tarjeta de visita, mi pasaporte, y la invitación a Moscú para hacer unas investigaciones —dijo con seriedad el extranjero, mientras observaba a los dos literatos con aire perspicaz.

Se azoraron. «¡Diablos!, nos ha oído», pensó Berlioz indicándole con un ademán que los documentos no eran necesarios. Mientras el extranjero le encajaba los documentos al jefe de redacción, el poeta pudo leer en la tarjeta la palabra «Profesor», impresa con letras extranjeras, y la letra inicial del apellido: una «W».

—Mucho gusto —murmuraba Berlioz muy cortado. El forastero guardó los documentos en el bolsillo.

Así se restablecieron las relaciones y los tres tomaron asiento.

—¿Ha venido en calidad de consejero, profesor? —preguntó Berlioz.

—Así es.

—¿Es usted alemán? —inquirió Desamparado.

—¿Yo…? —preguntó el profesor, quedándose pensativo—. Pues sí, seguramente soy alemán —dijo.


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