El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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De pronto, Rimski alargó la mano, y como sin querer apretó con la palma el botón del timbre, tamborileando con los dedos en la mesa al mismo tiempo. Se quedó frío. En el edificio desierto tenía que haber sonado irremediablemente una señal aguda. Pero no hubo tal señal y el botón se hundió inerte en el tablero de la mesa. Estaba muerto, el timbre no funcionaba.

La astucia del director de finanzas no pasó inadvertida para Varenuja, que, cambiando de cara, preguntó con una llama de furia en los ojos:

—¿Por qué llamas?

—Es la costumbre —respondió Rimski con voz sorda, retirando la mano, y preguntó a su vez algo indeciso—: ¿Qué tienes en la cara?

—Es del coche; me di un golpe con la manivela en un viraje —contestó Varenuja, desviando la mirada.

«¡Miente!», exclamó el director para sus adentros, y, con los ojos redondos, la expresión completamente enajenada, se quedó mirando al respaldo del sillón.

Detrás de éste, en el suelo, se cruzaban dos sombras, una más densa y oscura, la otra más clara, gris. Se veía perfectamente la sombra que proyectaba el respaldo del sillón y la de las patas, pero sobre la del respaldo no se veía la sombra de la cabeza de Varenuja, ni tampoco sus pies proyectaban sombra alguna por debajo del sillón.


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