El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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«¡No tiene sombra!», pensó Rimski horrorizado. Le entró un temblor.

Varenuja se volvió furtivamente, siguiendo la mirada demente de Rimski, dirigida al suelo, y comprendió que estaba descubierto. Se levantó del sillón (lo mismo hizo el director de finanzas) y dio un paso atrás, apretando en sus manos la cartera.

—¡Lo has adivinado, desgraciado! Siempre fuiste listo —dijo Varenuja, soltando una risa furiosa en la misma cara de Rimski; de pronto dio un salto hacia la puerta y, rápidamente, bajó el botón de la cerradura inglesa.

Rimski miró hacia atrás desesperado, retrocediendo hacia la ventana que salía al jardín. En la ventana, llena de luna, vio pegada al cristal la cara de una joven desnuda que, metiendo el brazo por la ventanilla de ventilación, trataba de abrir el cerrojo de abajo. El de arriba ya estaba abierto.

Le pareció a Rimski que la luz de la lámpara de la mesa se estaba apagando y que la mesa se inclinaba poco a poco. Le echaron un cubo de agua helada, pero, felizmente, pudo rehacerse y no se cayó. Las pocas fuerzas que le quedaban le sirvieron para susurrar:

—¡Socorro…!


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