El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Se iluminó la sala y Nikanor Ivánovich soñó que por todas las puertas entraban cocineros con gorros blancos y grandes cucharones. Unos pinches entraron en la sala una gran perola llena de sopa y una cesta con trozos de pan negro. Los espectadores se animaron. Los alegres cocineros corrían entre los amantes del teatro, servían la sopa y repartían el pan.

—A comer, amigos —gritaban los cocineros—, ¡y a entregar las divisas! ¡Qué ganas tenéis de estar aquí, comiendo esta porquería! Con lo bien que se está en casa, tomando una copita…

—Tú, por ejemplo, ¿qué haces aquí? —se dirigió a Nikanor Ivánovich un cocinero gordo con el cuello congestionado, y le alargó un plato con una hoja de col nadando solitaria en un líquido.

—¡No tengo! ¡No tengo! ¡No tengo! —gritó Nikanor Ivánovich con voz terrible—. Lo entiendes, ¡no tengo!

—¿No tienes? —vociferó el cocinero amenazador—, ¿no tienes? —preguntó de nuevo con voz cariñosa de mujer—. Bueno, bueno —decía, tranquilizador, convirtiéndose en la enfermera Praskovia Fédorovna.

Ésta sacudía suavemente a Nikanor Ivánovich, cogiéndole por los hombros.


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