El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Se disiparon los cocineros y desaparecieron el teatro y el telón. Nikanor Ivánovich, con los ojos llenos de lágrimas, vio su habitación del sanatorio y a dos personas con batas blancas, pero no eran los descarados cocineros con sus consejos impertinentes, sino el médico y Praskovia Fédorovna que tenía en sus manos un platillo con una jeringuilla cubierta de gasa.

—¡Pero qué es esto! —decía amargamente Nikanor Ivánovich, mientras le ponían la inyección—. ¡Si no tengo! ¡Que Pushkin les entregue las divisas! ¡Yo no tengo!

—Bueno, bueno —le tranquilizaba la compasiva Praskovia Fédorovna—, si no tiene, no pasa nada.

Después de la inyección, Nikanor Ivánovich se sintió mejor y durmió sin sueños.

Pero su desesperación pasó a la habitación 120, donde otro enfermo despertó y se puso a buscar su cabeza; luego a la 118, donde el desconocido maestro empezó a inquietarse, retorciéndose las manos, acongojado, mirando la luna y recordando la última noche de su vida, aquella amarga noche de otoño, la franja de luz debajo de la puerta y el pelo desrizado.

De la 118 la angustia voló por el balcón hacia Iván, que despertó llorando.


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