El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita El pequeño comandante del ala de caballería, que se encontraba al pie del monte, junto al único paso abierto de subida, con la frente mojada y la espalda de la camisa oscurecida por el sudor, no hacía más que acercarse a un cubo de cuero, coger agua con las manos, beber y mojarse el turbante. Después sentía cierto alivio, se apartaba y empezaba a recorrer de arriba abajo el camino polvoriento que conducía a la cumbre. Su larga espada golpeaba el trenzado de cuero de sus botas. El comandante quería dar a sus soldados ejemplo de resistencia, pero sentía pena de ellos y les permitió que, con sus lanzas hincadas en tierra, formaran pirámides y las cubrieran con sus capas blancas. Los sirios se escondían bajo estas improvisadas cabañas del implacable sol. Los cubos se vaciaban uno tras otro, y los soldados de distintos pelotones se turnaban para ir por agua a un despeñadero al pie del monte donde, a la escasa sombra de unos escuálidos morales, acababa sus días en medio de aquel calor infernal un turbio riachuelo. Allí mismo, siguiendo el movimiento de la sombra, se aburrían los palafreneros, sujetando a los cansados caballos.