El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Llegó corriendo hasta la entrada de la ciudad, evitando las caravanas que afluÃan a JershalaÃm, y vio a su izquierda la puerta abierta de una tiendecilla donde vendÃan pan. Sofocado por su carrera bajo el sol ardiente, Levà trató de dominarse, entró en la tienda con tranquilidad, saludó a la dueña que estaba detrás del mostrador y le pidió que le alcanzara del estante de arriba un pan que le habÃa gustado especialmente. Mientras ella se volvÃa, rápidamente y sin decir una palabra, cogió del mostrador un cuchillo de pan, largo, afilado como una navaja, y echó a correr fuera de la tienda.
A los pocos minutos estaba de nuevo en el camino de Jaffa pero ya no vio la procesión. Echó a correr. De vez en cuando tenÃa que tenderse sobre el polvo para recobrar la respiración. Y asà se quedaba, sorprendiendo a los que pasaban a pie o montados en mulas hacia JershalaÃm. PermanecÃa echado, sintiendo los latidos de su corazón no sólo en el pecho, sino también en los oÃdos y en la cabeza. Una vez recobrado se levantaba de un salto y seguÃa corriendo, aunque cada vez más despacio. Por fin, pudo ver en la lejanÃa la larga procesión envuelta en una nube de polvo. Estaba ya al pie del monte.
—¡Oh, Dios! —gimió LevÃ, comprendiendo que iba a llegar tarde.
Y habÃa llegado tarde.