El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Transcurrida la cuarta hora de la ejecución, el sufrimiento llegó a su límite y Leví se llenó de ira.
Se levantó de la piedra, tiró al suelo el cuchillo robado —inútilmente, pensaba ahora—, aplastó con el pie la calabaza, quedándose sin agua, se quitó el kefi de la cabeza, agarró sus escasos cabellos y comenzó a maldecirse.
Se maldecía exclamando palabras sin sentido, rugía y escupía, denigrando a sus padres que habían traído al mundo a un ser tan imbécil.
Como viera que maldiciones y juramentos no servían para nada, y que nada cambiaba bajo el sol achicharrante apretó sus puños secos y, entornando los ojos, los levantó al cielo, hacia el sol que se deslizaba cada vez más bajo, alargando las sombras y desapareciendo por fin, para caer al mar Mediterráneo. Y exigió a Dios un milagro.
Exigía a Dios que mandara la muerte a Joshuá en aquel mismo instante.
Al abrir los ojos se convenció de que en el monte nada había cambiado, excepto las manchas que ardían en el pecho del centurión y que ahora se habían apagado. El sol enviaba sus rayos contra las espaldas de los ejecutados que miraban a Jershalaím. Entonces Leví gritó:
—¡Dios, te maldigo!