El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Gritaba con voz ronca que se habÃa convencido de la injusticia divina y que no pensaba seguir creyendo.
—¡Eres sordo! —rugÃa Lev×. ¡Me hubieras oÃdo de no ser asà y le habrÃas mandado la muerte en seguida!
Cerró los ojos esperando que cayera fuego del cielo para que él mismo muriera. Pero no fue asà y LevÃ, sin despegar los párpados, siguió dirigiendo al cielo reproches amargos e insultantes. Hablaba a voz en grito de su completa desilusión; existÃan otros dioses y otras religiones. SÃ, jamás otro dios hubiera consentido que el sol quemara sobre un madero a un hombre como Joshuá.
—¡Me he equivocado! —gritaba LevÃ, ya ronco—. ¡Eres el dios del mal! ¡O acaso tienes los ojos cubiertos con el humo de los incensarios del templo y tus oÃdos no oyen sino las voces ensordecedoras de los sacerdotes! ¡No eres un dios omnipotente! ¡Eres un dios negro! ¡Te maldigo, dios de los bandidos, eres su protector y su alma!
Algo sopló en la cara del que fue recaudador de contribuciones y crujió bajo sus pies.