El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Sopló de nuevo y Leví se dio cuenta al abrir los ojos que, bien fuera por sus maldiciones o por cualquier otra razón, todo había cambiado en el mundo. El sol había desaparecido antes de llegar al mar, en el que se hundía todas las tardes. Una nube de tormenta que avanzaba desde el oeste, amenazadora e inconmovible, se lo había tragado. Ya hervían sus bordes con espuma blanca, y su panza humeante tenía reflejos amarillos. El nubarrón gruñía y soltaba hilos de fuego de vez en cuando. Por el camino de Jaffa, por el pobre valle de Hinnon, bajo las tiendas de los peregrinos, volaban remolinos de polvo que huían del viento, levantado de repente.
Leví calló. Trataba de comprender si la tormenta que cubriría Jershalaím traería algún cambio a la situación del pobre Joshuá. Y entonces, al ver los hilos de fuego que cortaban la nube, empezó a pedir que un rayo diera en el madero de Joshuá. Miraba arrepentido al cielo limpio que aún no se había tragado el nubarrón y donde las aves de rapiña volaban sobre un ala para escapar de la tormenta. Leví pensó que se había apresurado tontamente en sus maldiciones, y que ahora Dios no le haría caso.