El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Dismás se estiró, pero no pudo moverse: sus brazos estaban sujetos a los travesaños con anillos de cuerda. Encogió el vientre y se agarró con las uñas a los extremos de los travesaños, la cabeza vuelta hacia el poste de Joshuá; sus ojos estaban llenos de ira.
Una nube de polvo cubrió la plazoleta y se hizo más oscuro. Cuando el viento se llevó el polvo, el centurión gritó:
—¡A callar el del segundo poste!
Dismás se calló. Joshuá se apartó de la esponja, y, tratando de hacer que su voz fuera suave y convincente, pero sin poder conseguirlo, pidió con voz ronca al verdugo:
—Dale de beber.
Seguía oscureciendo. El nubarrón había cubierto medio cielo, precipitándose hacia Jershalaím. Unas nubes blancas, hirvientes, volaban delante de la nube grande, impregnada de agua negra y de fuego. Algo brilló y sonó sobre el monte. El verdugo quitó la esponja de la lanza.
—¡Glorifica al generoso hegémono! —murmuró con solemnidad y pinchó ligeramente a Joshuá en el corazón. Éste se estremeció y murmuró:
—Hegémono…
La sangre le corrió por el vientre, la mandíbula inferior se convulsionó y la cabeza quedó colgando.