El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Obedeciendo a los gestos del hombre del capuchón, uno de los verdugos cogió una lanza y otro llevó hacia los maderos un balde y una esponja. El primero levantó la lanza y le dio a Joshuá en los brazos, que tenía estirados y atados a los travesaños del poste, primero en uno y luego en otro. El cuerpo con las costillas salientes se estremeció. El verdugo pasó la punta de la lanza por el vientre. Entonces Joshuá levantó la cabeza: las moscas volaron con un murmullo y dejaron al descubierto la cara del ejecutado, hinchada por las picaduras, con los ojos hundidos: una cara irreconocible.
Ga-Nozri despegó los párpados y miró hacia abajo. Sus ojos, que siempre habían sido claros, estaban turbios.
—¡Ga-Nozri! —dijo el verdugo.
Ga-Nozri movió sus labios hinchados y contestó con voz ronca, de bandido.
—¿Qué quieres? ¿Para qué te has acercado a mí?
—¡Bebe! —dijo el verdugo, y la esponja, empapada en agua, clavada en la punta de la lanza, subió hasta los labios de Joshuá. En sus ojos brilló la alegría. Acercó la boca a la esponja y bebió con avidez. Del madero de al lado se oyó la voz de Dismás:
—¡Es una injusticia! ¡Soy igual de bandido que él!