El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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La lluvia empezó de repente y alcanzó a las centurias a la mitad del camino de descenso. El agua caía con tanta fuerza que, cuando los soldados corrían hacia abajo, les alcanzaban enfurecidos torrentes. Los hombres resbalaban y caían en la arcilla mojada, tenían prisa por llegar al camino llano apenas visible entre el manto de agua, por el que se dirigía a Jershalaím la caballería calada hasta los huesos. A los pocos minutos, en medio del vaho humeante de la tormenta, del agua y del fuego, sólo quedó un hombre.

Agitaba el cuchillo, no en vano robado, cayéndose en el piso resbaladizo, agarrándose a todo lo que le venía a mano, arrastrándose a veces de rodillas. Ansiaba llegar a los maderos. Tan pronto desaparecía en la oscuridad total como le iluminaba una luz temblorosa.

Al llegar a los postes, con el agua hasta los tobillos, se quitó el pesado taled, empapado de agua, se quedó en camisa y se inclinó sobre los pies de Joshuá. Cortó las cuerdas que sujetaban las piernas, subió al travesaño inferior, abrazó a Joshuá y liberó sus brazos de las ataduras de arriba. El cuerpo desnudo y mojado de Joshuá cayó sobre Leví y le derrumbó. Leví quiso subírselo a los hombros en seguida, pero una idea le detuvo. Dejó en el suelo, en medio de un charco, el cuerpo con la cabeza echada hacia atrás y los brazos abiertos, y corrió por la resbaladiza masa de arcilla hacia los otros postes.


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