El Maestro y Margarita

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Hacia las diez de la mañana, la cola de impacientes había tomado tales proporciones que llegó la noticia a oídos de las milicias, y con una rapidez sorprendente se presentaron patrullas a pie y a caballo, que consiguieron mantener cierto orden en la cola. Pero, de todas maneras, la serpiente kilométrica, aunque ordenada, constituía por sí misma una gran atracción y un motivo de asombro para los ciudadanos que pasaban por la Sadóvaya.

Esto en el exterior, pero dentro del Varietés el ambiente no era tampoco muy normal. Desde primera hora los teléfonos sonaban sin parar en los despachos de Lijodéyev, de Rimski, en el de Varenuja y en la oficina de contabilidad.

Al principio Vasili Stepánovich intentaba dar una contestación, o contestaba la cajera, o murmuraban algo los acomodadores, pero luego dejaron de atender a las llamadas, porque no había posibilidad alguna de responder a la pregunta de dónde se encontraban Lijodéyev, Varenuja y Rimski. Al principio, para salir del paso, decían: «Lijodéyev está en su casa», pero les respondían que habían llamado a su casa y allí les habían dicho que estaba en el Varietés.



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