El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Una señora, al borde de un ataque de nervios, llamó exigiendo que se pusiera Rimski, le aconsejaron que llamara a su mujer, y ella respondió entre sollozos que precisamente su mujer era ella y que Rimski no aparecía por ningún sitio. No había manera de entenderse en aquel lío. La mujer de la limpieza ya había contado a todo el mundo que cuando entró a arreglar el despacho del director de finanzas encontró la puerta abierta de par en par, las luces encendidas, la ventana del jardín rota, el sillón tirado en el suelo y nadie en el despacho.

A las diez y pico irrumpió en el Varietés madame Rimski. Sollozaba, se retorcía las manos. Vasili Stepánovich, apuradísimo, no sabía qué aconsejarle. A las diez y medía aparecieron las milicias. Y la primera pregunta —muy razonable fue:

—¿Qué ocurre, ciudadanos? ¿Qué ha pasado?

El grupo se apartó, dejando a Vasili Stepánovich, pálido y nervioso, frente a los milicianos. Se vio obligado a contar francamente lo ocurrido, es decir, que el consejo de administración del Varietés, representado por el director general, el director de finanzas y el administrador había desaparecido en pleno y no se sabía dónde estaba, que el presentador del programa había sido llevado a un manicomio después de la sesión de noche del día anterior, y que, en resumen, la sesión había sido un verdadero escándalo.


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