El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita A la esposa de Rimski, que seguía sollozando, procuraron calmarla en lo posible y la mandaron a casa. Les interesó mucho lo que contaba la mujer de la limpieza del estado en el que encontró el despacho de Rimski. Pidieron a los empleados que ocuparan sus puestos y se dedicaran a sus obligaciones. Poco después llegaron al edificio del Varietés los funcionarios de la Instrucción Judicial, con un perro color ceniza, de orejas afiladas, musculoso y con unos ojos extraordinariamente inteligentes. Entre los empleados del Varietés se corrió en seguida la voz de que el perro era nada menos que el famoso «Asderrombo». Y realmente era él. Su comportamiento sorprendió a todos. En cuanto entró en el despacho del director de finanzas, se puso a gruñir, enseñando sus aterradores colmillos amarillentos, luego se tumbó en el suelo y, con una expresión de angustia y de rabia al mismo tiempo, avanzó arrastrándose hasta la ventana rota. Venciendo su miedo, saltó a la repisa de la ventana y, levantando su afilado morro, se puso a aullar con furia. No quería bajarse de la ventana, gruñía, se estremecía, con ganas de tirarse a la calle.
Le sacaron del despacho y le dejaron en el vestíbulo, de allí salió por la puerta principal y llevó a los que le seguían a la parada de taxis. Y allí perdió, al parecer, la pista que iba olfateando. Después se lo llevaron.