El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —No lo sé seguro —contestó con vivacidad el acusado—. No recuerdo a mis padres. Me decÃan que mi padre era sirio…
—¿Dónde vives?
—No tengo domicilio fijo —respondió el detenido tÃmidamente—; viajo de una ciudad a otra.
—Esto se puede decir con una sola palabra: eres un vagabundo —dijo el procurador—. ¿Tienes parientes?
—No tengo a nadie. Estoy solo en el mundo.
—¿Sabes leer?
—SÃ.
—¿Conoces otro idioma aparte del arameo?
—SÃ, el griego.
Un párpado hinchado se levantó, y el ojo, cubierto por una nube de dolor, miró fijamente al detenido; el otro ojo permaneció cerrado.
Pilatos habló en griego:
—¿Eres tú quien querÃa destruir el templo e incitaba al pueblo a que lo hiciera?
El detenido se animó de nuevo, sus ojos ya no expresaban miedo. Siguió hablando en griego:
—Yo, buen… —el terror pasó por la mirada del hombre, porque de nuevo habÃa estado a punto de confundirse—. Yo, hegémono, jamás he pensado destruir el templo y no he incitado a nadie a esa absurda acción.