El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Al procurador romano se le llama hegémono. Otras palabras no se dicen. Se está firme. ¿Me has comprendido o te pego otra vez?
El detenido se tambaleó, pero pudo dominarse, le volvió el color, recobró la respiración y respondió con voz ronca:
—Te he comprendido. No me pegues.
En seguida volvió ante el procurador.
Se oyó una voz apagada y enferma:
—¿Nombre?
—¿El mío? —preguntó de prisa el detenido, descubriendo con su expresión que estaba dispuesto a contestar sin provocar la ira.
El procurador dijo por lo bajo:
—Sé mi nombre. No quieras hacerte más tonto de lo que eres. El tuyo.
—Joshuá —respondió el arrestado rápidamente.
—¿Tienes apodo?
—Ga-Nozri.
—¿De dónde eres?
—De la ciudad de Gamala —contestó el detenido haciendo un gesto con la cabeza, como queriendo decir que allí lejos, al norte, a su derecha, estaba la ciudad de Gamala.
—¿Qué sangre tienes?