El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Y todos, excepto el procurador, siguieron con la mirada a Marco Matarratas, que hizo al arrestado una seña con la mano para indicarle que le siguiera. A Matarratas, siempre que aparecía, le seguían todos con la mirada por su estatura, y también los que le veían por primera vez, porque su cara estaba desfigurada: el golpe de una maza germana le había roto la nariz.
Sonaron las botas pesadas de Marco en el mosaico, el hombre atado le siguió sin hacer ruido; en la columnata se hizo el silencio, y se oía el arrullo de las palomas en la glorieta del jardín y la canción complicada y agradable del agua de la fuente.
El procurador hubiera querido levantarse, poner la sien bajo el chorro y permanecer así un buen rato. Pero sabía que tampoco eso le serviría de nada.
Después de conducir al detenido al jardín, fuera de la columnata, Matarratas cogió el látigo de un legionario que estaba al pie de una estatua de bronce y le dio un golpe al arrestado en los hombros. El movimiento del centurión pareció ligero e indolente, pero el hombre atado se derrumbó al suelo como si le hubieran cortado las piernas; pareció ahogarse con el aire, su rostro perdió el color y los ojos la expresión.
Marco, con la mano izquierda, levantó sin esfuerzo, como si se tratara de un saco vacío, al que acababa de caer; lo puso en pie y habló con voz gangosa, articulando con esfuerzo las palabras arameas: