El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Pero cuando desapareció la nieve sucia de las aceras y las calzadas, y entró por las ventanas el viento inquieto y húmedo de la primavera, el sufrimiento de Margarita Nikoláyevna fue más insoportable aún que en el invierno. Lloraba muchas veces a escondidas, con amargura; no sabía si amaba a un hombre vivo o muerto ya. Y cuantos más días desesperados transcurrían, más se aferraba a la idea de que estaba unida a un muerto.
Tenía que olvidarle o morir ella también. No podía seguir viviendo así. ¡Era imposible! Olvidarle —costara lo que costara—, ¡olvidarle! Pero lo peor era que no le olvidaba.