El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡SÃ, sÃ, aquella equivocación! —decÃa Margarita, sentada junto a la chimenea mirando al fuego, encendido como recuerdo de otro fuego que ardÃa un dÃa que él escribÃa sobre Poncio Pilatos—. ¿Por qué me irÃa aquella noche? ¿Para qué? ¡Qué locura hice! Volvà al dÃa siguiente como le prometÃ, pero ya era tarde. SÃ, volvÃ, como el pobre Levà Mateo, ¡demasiado tarde! —Estas palabras eran inútiles, porque, en realidad, ¿qué habrÃa cambiado si se hubiera quedado con el maestro aquella noche? ¿Se podrÃa haber salvado acaso? ¡Qué absurdo!— dirÃamos nosotros, pero no lo hacemos ante una mujer roÃda por la desesperación. El mismo dÃa en que una ola de escándalo, provocada por la aparición del nigromante, sacudÃa Moscú, el viernes que el tÃo de Berlioz fue enviado a KÃev, que detuvieron al contable y pasaron tantas otras cosas más, absurdas e incomprensibles, Margarita se despertó en su dormitorio casi al mediodÃa. La habitación tenÃa una ventana que daba a la torre del palacete. En contra de lo que solÃa sucederle, esta vez Margarita no se echó a llorar al despertarse, porque tenÃa el presentimiento de que, por fin, algo iba a ocurrir. Cuando se dio cuenta de su corazonada, empezó a acariciar la idea, a fomentarla en su alma, temiendo que, de otro modo, la abandonara.