El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Regresó a su dormitorio con el tesoro, colocó la foto en el espejo de tres caras, se sentó delante y así permaneció cerca de una hora, sosteniendo en las rodillas el quemado cuaderno, pasando las páginas y releyendo aquello, que ahora, quemado, no tenía principio ni fin: «… la oscuridad que llegaba del mar Mediterráneo cubrió la ciudad, odiada por el procurador. Desaparecieron los puentes colgantes que unían el templo y la terrible torre Antonia bajó del cielo el abismo, sumergiendo a los dioses alados del circo, el palacio Hasmoneo con sus aspilleras, bazares, caravanas, bocacalles, estanques. Desapareció Jershalaím, la gran ciudad, como si nunca hubiera existido…».

Margarita quería seguir leyendo, pero no había nada más, sólo unos flecos desiguales ennegrecidos.

Enjugándose las lágrimas, apartó el cuaderno, apoyó los codos en la mesa del espejo y se quedó mirando la foto, reflejada en el cristal. Poco a poco se le fueron secando las lágrimas. Margarita recogió cuidadosamente su tesoro y a los pocos minutos ya estaba todo enterrado bajo los trapos de seda. Sonó el candado en la habitación oscura.



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