El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡Pero si no puede ser! —decÃa el pequeño, asombrado—. ¡Si es algo inaudito!… ¿Y qué hizo Zheldibin?
En medio del monótono ruido del trolebús se oyeron unas palabras que venÃan desde la ventana.
—Investigación criminal… un escándalo… ¡como mÃstico!…
Margarita Nikoláyevna, uniendo los trozos de conversación, pudo componer algo más o menos coherente. Los ciudadanos hablaban de que habÃan robado del ataúd la cabeza de un difunto (quién era, no lo nombraban). Por eso Zheldibin estaba tan preocupado. Y estos dos que cuchicheaban en el trolebús tenÃan algo que ver con el maltratado difunto.
—¿Crees que nos dará tiempo de pasar a recoger las flores? —se inquietaba el pequeño—. ¿A qué hora es la incineración? ¿A las dos?
Por fin Margarita Nikoláyevna se cansó de escuchar las misteriosas incoherencias sobre una cabeza robada y se alegró de llegar a su parada.
Unos minutos más y Margarita Nikoláyevna estaba sentada en un banco bajo la muralla del Kremlin, mirando a la Plaza Manézhnaya.