El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—¡Así mismo! —exclamó Natasha, poniéndose más colorada porque no la creían—. Sí, y ayer tarde las milicias se llevaron a unas cien personas. Unas ciudadanas que habían estado en la función y corrían por la Tverskaya en paños menores.

—Seguro que son cosas de Daria —dijo Margarita Nikoláyevna—, siempre me ha parecido que es una mentirosa.

La divertida conversación terminó con una agradable sorpresa para Natasha. Margarita Nikoláyevna se fue a su dormitorio y salió de allí con un par de medias y un frasco de colonia y, diciendo que también ella quería hacer un truco, se los regaló a Natasha, pidiéndole tan sólo una cosa: que no anduviera por Arbat en medias y que no hiciera caso de Daria. La dueña y su sirvienta se dieron un beso y se separaron.

Margarita se acomodó en el asiento de un trolebús que pasaba por Arbat, pensando en sus cosas, prestando atención de vez en cuando a lo que decían dos ciudadanos que iban delante de ella.

Los dos, mirando hacia atrás con temor de que alguien les oyera, discutían en voz baja algo absurdo. Uno de ellos, que iba junto a la ventanilla, enorme, rollizo, con unos ojillos de cerdo muy vivos, susurraba a su vecino pequeñito que tuvieron que tapar el ataúd con una tela negra…


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