El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡El diablo lo sabrá! —dijo el pelirrojo con desenfado—. Aunque me parece que habrÃa que preguntárselo a Popota. ¡Qué manera de birlar la cabeza! ¡Da gusto! ¡Qué escándalo! Lo importante es que nadie sabe para qué puede servir la cabeza.
A pesar de lo ocupada que estaba Margarita Nikoláyevna con lo suyo, no pudo menos de asombrarse al oÃr las extrañas mentiras en boca del desconocido ciudadano.
—¡Cómo! —exclamó ella—. ¿Qué Berlioz? ¿No será el del periódico?…
—Ése es, precisamente…
—Entonces, ¿los que siguen el ataúd son literatos?
—¡Naturalmente!
—¿Los conoce de vista?
—A todos —respondió el pelirrojo.
—DÃgame —habló Margarita, con voz sorda—, ¿no está entre ellos el crÃtico Latunski?
—¿Pero cómo iba a faltar? —contestó el pelirrojo—. Es el del extremo en la cuarta fila.
—¿El rubio? —preguntó Margarita entornando los ojos.
—Color ceniza… ¿No ve que ha levantado los ojos al cielo?
—¿El que parece un cura?
—¡El mismo!…