El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —No, no, espere… Sé perfectamente a lo que voy. Lo hago todo por él, porque ya no me queda ninguna esperanza. Pero quiero decirle que si yo muero ¡usted tendrá la culpa! ¡Se avergonzará de ello! ¡Muero por amor! —y dándose un golpe en el pecho Margarita miró hacia el sol.
—¡Devuélvala! —gritaba Asaselo—. ¡Devuélvala, y al diablo todo! ¡Que manden a Popota!
—¡Oh, no! —exclamó Margarita, sorprendiendo a los transeúntes—. ¡Estoy dispuesta a todo, estoy dispuesta a hacer esa comedia de la crema, estoy dispuesta a irme al diablo! ¡No se lo doy!
—¡Vaya! —vociferó de pronto Asaselo con los ojos desorbitados, señalando algo detrás de la verja del jardÃn.
Margarita miró hacia donde le habÃa indicado Asaselo, pero no descubrió nada de particular. Cuando volvió a mirar a Asaselo, como pidiendo una explicación por el absurdo «vaya», no habÃa nadie que se lo pudiera explicar. El misterioso interlocutor de Margarita Nikoláyevna habÃa desaparecido.
La mujer metió la mano en el bolso, donde acababa de guardar la cajita, y se convenció de que seguÃa allÃ. Sin pensar en nada, Margarita salió corriendo del jardÃn Alexándrovski.