El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Entonces, haga el favor de coger esto —dijo Asaselo sacando una cajita redonda de oro del bolsillo y dándosela a Margarita—. Escóndala, que nos están mirando. Le servirá. Margarita Nikoláyevna, de tanto sufrir ha envejecido usted bastante en este medio año —Margarita se puso colorada, pero no contestó. Asaselo continuó—: Esta noche, a las nueve y media, haga el favor de desnudarse y untarse la cara y el cuerpo con esta crema. Después puede hacer lo que quiera, pero no se aparte del teléfono. Yo la llamaré a las diez y le daré instrucciones. Usted no tendrá que ocuparse de nada, la llevarán a donde haga falta, sin ninguna molestia para usted. ¿Está claro?
Margarita tardó en contestar. Luego dijo:
—Está claro. Esto es de oro puro, se ve por el peso. Veo que me están sobornando para complicarme en una historia turbia y luego tendré que pagarlo…
—¿Pero qué dice? —murmuró Asaselo, indignado—. ¿Otra vez?
—No, espere…
—¡Devuélvame la crema!
Margarita agarró la caja con todas sus fuerzas.