El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita A veces le parecía que el reloj se había estropeado, que las agujas ya no se movían. Pero sí, se movían, muy despacio, como pegándose, y por fin la aguja larga marcó los veintinueve minutos. A Margarita le palpitaba tan fuerte el corazón, que no pudo coger la cajita. Por fin consiguió dominarse, la abrió y dentro vio una crema amarillenta. Le pareció que olía a fango de pantano. Cogió un poco de crema con la punta de los dedos y se la puso en la mano. El olor a hierbas de pantano y a bosque se hizo penetrante. Empezó a frotarse con la crema la frente y las mejillas.
La crema se esparcía con facilidad, y a Margarita le pareció que se evaporaba inmediatamente. Se friccionó varias veces, se miró al espejo y dejó caer la caja encima del reloj. La esfera se agrietó en seguida. Cerró los ojos, luego se miró otra vez y rio desaforadamente.
Sus cejas, depiladas como dos hilitos, se habían espesado y le arqueaban suavemente los ojos, más verdes que nunca. Una fina arruga que le atravesaba verticalmente la frente, aparecida en octubre, cuando perdió al maestro, desapareció sin dejar huella. Desaparecieron también las sombras amarillas de las sienes y una red de arrugas, apenas visibles, junto a la comisura externa de los ojos. Un color rosa uniforme le cubría la piel de las mejillas, tenía la frente blanca y limpia y había desaparecido el rizado de peluquería.