El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita La Margarita de treinta años veía reflejada en el espejo a una mujer morena, de unos veinte años, con el pelo ondulado.
Dejó de reír, se quitó de un golpe el albornoz, cogió una cantidad bastante regular de la crema ligera y grasienta y empezó a frotarse el cuerpo con enérgicos ademanes. Se puso toda color rosa, como iluminada por dentro. Luego, como si le hubieran sacado una aguja del cerebro, se calmó el dolor en una sien, que le había durado toda la tarde, desde la conversación en el Jardín Alexándrovski; se le fortalecieron los músculos de las extremidades y el cuerpo se tornó ingrávido.
Dio un salto y se quedó en el aire, encima de la alfombra; luego notó que algo tiraba de ella hacia el suelo y se bajó.
—¡Qué crema! ¡Pero qué crema! —gritó Margarita, cayendo en un sillón.
El efecto de las fricciones no fue sólo físico. Ahora bullía la alegría en cada célula de su cuerpo, la sentía en forma de pequeñas burbujas que la pinchaban. Se sentía libre, completamente. Vio con claridad que había sucedido justamente aquello que presintiera por la mañana y que dejaría el palacete y su antigua vida para siempre.