El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—Habla Asaselo.

—¡Querido, querido Asaselo! —exclamó Margarita.

—Ya es la hora. Salga volando —habló Asaselo. Se notaba, por su tono de voz, que le había gustado el arrebato alegre y sincero de Margarita—. Cuando pase sobre la puerta del jardín grite: «¡Invisible!». Luego vuele sobre la ciudad, para acostumbrarse, y después hacia el sur fuera de la ciudad, al río. ¡La están esperando!

Margarita colgó el auricular. En el cuarto de al lado se oyó el paso de alguien que cojeaba y como si algún objeto de madera golpease la puerta. Margarita la abrió y entró bailando en el dormitorio la escoba con las cerdas para arriba. El palo redoblaba en el suelo, daba patadas e intentaba salir por la ventana como fuera. Margarita dio un grito de alegría y se montó en la escoba. Sólo entonces le pasó por la cabeza la idea de que con todo aquel lío había olvidado vestirse. Siempre galopando sobre la escoba se acercó a la cama y cogió lo primero que encontró a mano: una combinación azul. Moviéndola como si fuera un estandarte, echó a volar por la ventana. El vals sonó con más potencia.

Margarita se deslizó desde la ventana hacia abajo y vio a Nikolái Ivánovich.


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