El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡Hola, Nikolái Ivánovich! —habló Margarita con voz triste—. ¡Buenas noches! ¿Vuelve de alguna reunión?
Nikolái Ivánovich no contestó.
—Y yo —siguió Margarita, asomándose un poco más por la ventana— estoy sola, como ve, aburrida, mirando a la luna y escuchando el vals…
Margarita se pasó la mano izquierda por la sien, arreglándose el cabello, y dijo con enfado:
—¡Me parece poco correcto, Nikolái Ivánovich! ¡Al fin y al cabo soy una mujer! Es una groserÃa no contestar cuando le estoy hablando.
A la luz de la luna destacaba hasta el último botón del chaleco de Nikolái Ivánovich, hasta el último pelo de su barba clara y puntiaguda; sonrió con expresión enajenada, se levantó del banco, y al parecer, muy azorado, en vez de quitarse el sombrero, hizo un gesto con la cartera y dobló las piernas, como si pensara ponerse a bailar.
—¡Ah, qué hombre más aburrido es usted, Nikolái Ivánovich! —siguió Margarita—. ¡Le diré que estoy tan harta de usted, que no soy capaz de expresarlo siquiera! ¡Me alegro de poder perderle de vista! ¡Váyase al diablo!
El teléfono rompió a sonar en el dormitorio, a espaldas de Margarita. Saltó del antepecho de la ventana y olvidando a Nikolái Ivánovich, cogió el auricular.