El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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En aquel momento entró por la ventana abierta y siguió volando un vals virtuoso y atronador; se oyó el ruido de un coche que se acercaba a la puerta del jardín.

—¡Ahora llamará Asaselo! —exclamó Margarita, mientras escuchaba el vals, que rodaba por la calle—. ¡Me llamará! ¡Y el extranjero no es peligroso, ahora me doy cuenta de que no es peligroso!

Se oyó el coche que se alejaba del jardín. Sonó la verja y se oyeron pasos en las losas del camino.

«Es Nikolái Ivánovich, conozco su modo de andar —pensó Margarita—. Tengo que hacer algo original y divertido para despedirme.»

Margarita descorrió la cortina de un tirón y se sentó de perfil en el antepecho de la ventana, abrazándose las rodillas. La luz de la luna le lamía el costado derecho. Margarita levantó la cabeza hacia la luna y puso cara pensativa y poética. Sonaron otros dos pasos y cesaron de pronto. Margarita contempló la luna un momento, suspiró para que hiciera bonito y volvió la cabeza hacia el jardín; efectivamente, allí estaba Nikolái Ivánovich, su vecino de la planta baja del palacete. La luz de la luna caía de plano sobre Nikolái Ivánovich. Estaba en un banco y se notaba desde luego que acababa de sentarse. Tenía los impertinentes algo torcidos y apretaba la cartera en las manos.


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