El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Olvidando la ropa tirada por el suelo, Natasha corrió hacia el tocador y se quedó mirando los restos de crema con los ojos encendidos por la envidia. Sus labios se movían en silencio. Se volvió hacia Margarita Nikoláyevna y pronunció con beatitud:
—¡Qué cutis! ¡Pero qué cutis, Margarita Nikoláyevna! ¡Si parece que reluce!
Volvió en sí y corrió hacia los trajes tirados, los levantó para quitarles el polvo.
—¡Déjelo! —gritaba Margarita—. ¡Al diablo! ¡Déjelo todo! O no, lléveselo de recuerdo. ¡Llévese todo lo que haya en esta habitación!
Natasha, como si de repente se hubiera vuelto loca, se la quedó mirando, se colgó a su cuello y gritó dándole besos:
—¡Si parece de raso! ¡Si reluce! ¡De raso! ¡Y las cejas!
—Coja todos los trajes, los perfumes y lléveselo todo a su baúl, escóndalo —gritaba Margarita—, pero no se lleve las joyas, porque podrían acusarla de robo.
Natasha agarró todo lo que encontró a mano: vestidos, zapatos, medias y ropa interior y salió del dormitorio.