El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita ¡Invisible y libre! ¡Invisible y libre!… Después de pasar por su calle, Margarita se encontró en otra, que la cortaba perpendicularmente. Cruzó de prisa esta calle larga, remendada y tortuosa, con la puerta inclinada de una droguería, en la que vendían petróleo por litros y un insecticida, y comprendió que, incluso siendo completamente libre e invisible, también en el placer había que conservar la razón. Milagrosamente consiguió frenar un poco y no se mató, estrellándose contra un poste de una esquina, viejo y torcido. Dio un viraje y apretó con fuerza la escoba, voló más despacio, evitando los cables eléctricos y los rótulos, que colgaban atravesando las aceras. La tercera bocacalle salía a Arbat. Margarita ya se había acostumbrado al dominio de la escoba, notó que obedecía al menor movimiento de sus brazos y piernas y que al volar sobre la ciudad tenía que ir muy atenta y no alborotar demasiado. Además, ya en su calle había observado que los transeúntes no la veían. Nadie levantaba la cabeza, nadie gritaba «¡Mira!, ¡mira!», ni se echaba hacia un lado, ni chillaba, ni se desmayaba, ni reía enloquecido. Margarita volaba en silencio, con lentitud y no a mucha altura, a la de un segundo piso, aproximadamente. Pero a pesar de ello, al llegar a Arbat, con sus luces deslumbrantes, se desvió un poco y se dio en el hombro contra un disco iluminado con una flecha. Margarita se enfadó. Detuvo la obediente escoba, se apartó a un lado y luego, lanzándose sobre el disco, lo rompió en pedazos con el mango de la escoba. Los cristales cayeron con el consiguiente estrépito, los transeúntes se apartaron hacia un lado, se oyeron silbidos, pero Margarita, consumada su inútil travesura, se echó a reír.