El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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«En Arbat hay que tener más cuidado —pensó Margarita—, está todo enredadísimo y no hay quien lo entienda.»

Siguió volando, sorteando los cables. Debajo de ella pasaban capots de los trolebuses, de los autobuses y de los coches; y desde allí arriba tenía la impresión de que por las aceras corrían ríos de gorras. De los ríos nacían unos riachuelos que desembocaban en las encendidas fauces de las tiendas nocturnas.

«¡Qué aglomeración! —pensó Margarita con enfado—. Si no hay dónde moverse.»

Margarita cruzó la calle de Arbat, ascendió hasta la altura de un cuarto piso y, rozando los brillantes tubos de luz del teatro, pasó a una callecita estrecha de casas altas. Estaban abiertas todas las ventanas y de todas salía música de aparatos de radio. Margarita se asomó a una de ellas. Era una cocina. Dos hornillos de petróleo aullaban sobre el fogón, y junto a ellos discutían dos mujeres con cucharas en la mano.

—Le diré, Pelagueya Petrovna, que hay que apagar la luz al salir del retrete —decía una de ellas, que estaba delante de una cacerola con algo de comer, evaporándose—; si no, presentaremos una denuncia para que la desalojen.

—¡Como si usted no hubiese roto un plato nunca! —replicaba la otra.


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