El Maestro y Margarita

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Así lo hizo. El de las patas de cabra le ofreció una copa de champaña; Margarita lo bebió, y en seguida sintió calor en el corazón. Preguntó qué había sido de Natasha, y le respondieron que, después de bañarse, había vuelto a Moscú, montada en su cerdo, para anunciar la llegada de Margarita y para ayudar a prepararle el traje.

Durante la breve estancia de Margarita bajo los sauces hubo otro episodio: se oyó un silbido y un cuerpo negro cayó al agua. A los pocos segundos ante Margarita apareció el mismo gordo con patillas que se le había presentado tan desafortunadamente en la otra orilla. Al parecer, había tenido tiempo de volver al Eniséi, porque iba vestido de frac, pero estaba mojado de pies a cabeza. Por segunda vez el coñac le había hecho una mala jugada: al aterrizar fue a caer justamente en el agua. A pesar de este triste percance, no había perdido su sonrisa, y Margarita, entre risas, permitió que le besara la mano.

La ceremonia de bienvenida tocaba a su fin. Las sirenas terminaron su danza a la luz de la luna y se esfumaron en ella. El de las patas de cabra preguntó respetuosamente a Margarita cómo había llegado hasta el río. Le extrañó que se hubiera servido de una escoba:


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