El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡Oh!, ¿pero por qué? ¡Si es tan incómodo! —en un instante hizo un teléfono sospechoso con dos ramitas y ordenó que enviaran inmediatamente un coche, que, efectivamente, apareció al momento. Un coche negro, abierto, que se dejó caer sobre la isla, pero en el pescante se sentaba un conductor poco corriente: un grajo negro, con una larga nariz, que llevaba gorra de hule y unos guantes de manopla. La isla se iba quedando desierta. Las brujas se esfumaron volando en el resplandor de la luna. La hoguera se apagaba y los carbones se cubrían de ceniza gris.
El de las patas de cabra ayudó a Margarita a subir al coche y ella se sentó en el cómodo asiento de atrás. El coche despegó ruidosamente y se elevó casi hasta la luna. Desapareció el río y la isla con él. Margarita volaba hacia Moscú.