El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Rechinó una puerta, y en la penumbra de la noche apareció en la terraza una mujer joven, sin velo. Se inclinó sobre la barandilla con aspecto intranquilo, para averiguar quién era el que llamaba. Al reconocer al hombre le sonrió e hizo un gesto amistoso con la mano.

—¿Estás sola? —preguntó Afranio en griego.

—Sí —susurró la mujer desde la terraza—, mi marido ha marchado a Cesarea esta mañana —la mujer miró hacia la puerta y añadió—: pero la criada está en casa —e hizo un gesto indicándole que pasara.

Afranio volvió a mirar alrededor y subió por los peldaños de piedra. Luego los dos desaparecieron en el interior. Afranio no estuvo allí más de cinco minutos. Abandonó la casa y la terraza cubriéndose el rostro con la capucha y salió a la calle. Poco a poco iban apareciendo las luces de los candiles en las casas. Fuera, el barullo de vísperas de fiesta era grande todavía, y Afranio, montado en la mula, se confundió en seguida con la muchedumbre de transeúntes y jinetes. Nadie sabe a dónde se dirigió después.

Cuando se quedó sola la mujer a la que Afranio llamara Nisa, se cambió rápidamente de ropa. No encendió el candil, ni llamó a la criada, a pesar de lo difícil que resultaba encontrar algo en una habitación a oscuras. En cuanto estuvo preparada, con la cabeza cubierta por un velo negro, se le oyó decir:


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