El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—Si alguien preguntara por mí, di que me he ido a ver a Enanta.

Se oyó el gruñido de la criada en la oscuridad:

—¿Enanta? ¡Esta Enanta…! Tu marido te ha prohibido que vayas a verla. ¡Esa Enanta es una alcahueta! ¡Se lo voy a decir a tu marido!

—¡Anda, cállate ya! —respondió Nisa, y salió de la casa. Sus sandalias resonaron en las baldosas de piedra del patio. La criada cerró gruñendo la puerta de la terraza.

Al mismo tiempo, en otra calleja de la Ciudad Baja, una callejuela retorcida que bajaba hacia una de las piscinas con grandes escaleras, de la verja de una casa miserable, cuya parte ciega daba a la calle y las ventanas al patio, salió un hombre joven, con la barba cuidadosamente recortada, un kefi blanco cayéndole sobre los hombros, un taled recién estrenado, azul celeste, con borlas en el bajo, y unas sandalias que le crujían al andar. Tenía nariz aguileña; era muy guapo. Estaba arreglado para la gran fiesta y andaba con pasos enérgicos, dejando atrás a los transeúntes que se apresuraban por llegar a la mesa festiva, y observaba cómo se iban encendiendo las ventanas, una a una. Se dirigía al palacio del gran sacerdote Caifás, situado al pie del monte del Templo, por el camino que pasaba junto al bazar.

A los pocos minutos entraba en el patio de Caifás abandonándolo un rato después.


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