El Maestro y Margarita

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Visitaron más de una vez el piso número 50. Y no se conformaron con examinarlo minuciosamente, sino que además comprobaron las paredes a base de golpes, controlaron los tiros de la chimenea y buscaron escondites. Pero todas estas medidas no condujeron a nada y no se pudo encontrar a nadie en la casa, aunque era evidente que alguien tenía que haber, en contra de la opinión de todas aquellas personas que, por razones diversas, estaban obligadas a saber todo lo relacionado con los artistas extranjeros que llegaban a Moscú, y que afirmaban con seguridad y categóricamente que no había y no podía haber en la ciudad ningún nigromante llamado Voland.

Su entrada no estaba registrada en ningún sitio. Nadie había visto su pasaporte, documentos o contrato y nadie, absolutamente nadie, sabía nada de él. El jefe de la Sección de Programación de la Comisión de Espectáculos, Kitáitsev, juraba y perjuraba que el desaparecido Stiopa Lijodéyev no le había mandado para su aprobación ningún programa de actuación del tal Voland y que tampoco le había comunicado su llegada. Por lo tanto, Kitáitsev ni sabía, ni podía comprender cómo pudo permitir Lijodéyev semejante actuación en el Varietés. Cuando le dijeron que Arcadio Apolónovich había visto personalmente al mago en el escenario, Kitáitsev se limitaba a alzar los brazos y levantar los ojos al cielo. Se podía asegurar, porque se veía en sus ojos, que era limpio como el agua de un manantial.


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