El Maestro y Margarita

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También en la tarde del viernes tuvieron noticias de Lijodéyev. Habían pedido informes por telegrama a todas las ciudades. Se recibió respuesta de Yalta; Lijodéyev había estado allí, pero ya había salido en avión para Moscú.

Del que no apareció ni siquiera una pista fue de Varenuja. El administrador del teatro, al que conocía absolutamente todo el mundo en Moscú, había desaparecido como si se le hubiera tragado la tierra.

Y, mientras tanto, hubo que ocuparse de otros sucesos que habían ocurrido en Moscú, fuera del teatro Varietés. Hubo que aclarar el extraordinario caso de los funcionarios que cantaban «Glorioso es el mar…» (por cierto, que el profesor Stravinski consiguió volverles a la normalidad al cabo de dos horas, a base de inyecciones intramusculares), también fue necesario esclarecer el asunto del extraño dinero que unas personas entregaban a otras, o a organizaciones, así como el de aquellos que habían sido víctimas de estos enredos.

Naturalmente, de todos los acontecimientos el más desagradable, el más escandaloso y el de peor solución era el del robo de la cabeza del difunto literato Berlioz, en pleno día desaparecida del ataúd, expuesta en un salón de Griboyédov.

La Instrucción estaba a cargo de doce personas que recogían, como con una aguja, los malditos puntos de aquel caso esparcido por todo Moscú.


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