El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Oh, ¡qué feliz se hubiera sentido Iván si el juez hubiera aparecido antes, en la noche del mismo miércoles al jueves, cuando Iván exigía con tanta pasión y violencia que escucharan su relato sobre lo sucedido en «Los Estanques del Patriarca»! Ahora ya se había realizado su sueño de ayudar a dar caza al consejero, no tenía que correr en busca de nadie; habían ido a verle precisamente para escuchar su narración sobre lo ocurrido en la tarde del miércoles.

Pero desgraciadamente Ivánushka había cambiado por completo durante los días que sucedieron al de la muerte de Berlioz. Estaba dispuesto a responder con amabilidad a todas las preguntas que le hiciera el juez de Instrucción, pero en su mirada y en su tono se notaba la indiferencia. Al poeta ya no le interesaba el asunto de Berlioz.

Antes de que llegara el juez, Ivánushka estaba acostado, dormía. Ante sus ojos se sucedían una serie de visiones. Veía una ciudad desconocida, incomprensible, inexistente, en la que había enormes bloques de mármol rodeados de columnatas, con un sol brillante sobre las terrazas, con la torre Antonia, negra, imponente, un palacio que se elevaba sobre la colina del oeste, hundido casi hasta el tejado en el verde de un jardín tropical, unas estatuas de bronce encendidas a la luz del sol poniente. Veía desfilar junto a las murallas de la antigua ciudad a las centurias romanas en sus corazas.


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