El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—No —contestó Iván en voz baja—, no volveré a escribir poemas.

El juez sonrió con amabilidad, afirmando su convencimiento de que el poeta se encontraba en un estado de depresión, pero que pronto saldría de ella.

—No —replicó Iván, sin detenerse en el juez, mirando a lo lejos, al cielo que se apagaba—, no se me pasará nunca. Mis poemas eran malos, ahora lo he comprendido.

El juez de Instrucción dejó a Ivánushka. Había recibido una información bastante importante. Siguiendo el hilo de los acontecimientos desde el final hasta el principio, había logrado, por fin, llegar al punto de partida de todos los sucesos. Al juez no le cabía duda de que todo había empezado con el crimen en «Los Estanques». Claro está que ni Ivánushka ni el tipo de los cuadros habían empujado al tranvía al pobre presidente de MASSOLIT; se podría decir que físicamente nadie había contribuido al atropello. Pero el juez estaba seguro de que Berlioz cayó (o se arrojó) al tranvía bajo los efectos de hipnosis.

Sí, habían recogido bastante material y se sabía a quién y dónde había que pescar. Lo malo era que no había modo de pescar a nadie.


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