El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Hay que repetir que no cabía la menor duda de que el tres veces maldito piso número 50 estuviera habitado. Cogían el teléfono de vez en cuando y contestaba una voz crujiente o una gangosa; otras veces abrían la ventana e incluso se oía la música de un gramófono. Estuvieron en el piso a distintas horas del día. Dieron una pasada con una red, examinando hasta el último rincón. En la casa, que estaba bajo vigilancia desde hacía tiempo, se vigilaba no sólo la puerta principal, sino también la entrada de servicio. Es más, había centinelas en el tejado junto a las chimeneas. Sin embargo, cuando iban al piso no encontraban absolutamente a nadie. El piso número 50 estaba haciendo de las suyas y no había manera de evitarlo.

Así estaban las cosas hasta la noche del viernes al sábado. A las doce en punto el barón Maigel, vestido de etiqueta y con zapatos de charol, se dirigió con aire majestuoso al piso número 50 en calidad de invitado. Se oyó cómo le dejaron entrar. A los diez minutos entraron en el piso sin llamar, pero no encontraron a los inquilinos, y lo que fue realmente una sorpresa, es que tampoco quedaba ni rastro del barón Maigel.




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