El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Eran cerca de las cuatro de una tarde calurosa. Un grupo grande de hombres vestidos de paisano se bajaron de tres coches antes de llegar a la casa número 302 bis de la calle Sadóvaya. El grupo se dividió en dos más pequeños, y uno de ellos se dirigió por el patio directamente al sexto portal, mientras que el otro abrió una portezuela que corrientemente estaba condenada y entró por la escalera de servicio. Los dos grupos subían al piso número 50 por distintas escaleras.

Mientras tanto, Asaselo y Koróviev —éste sin frac, con su traje de diario— estaban en el comedor terminando el desayuno. Voland, como de costumbre, estaba en el dormitorio; nadie sabía dónde estaba el gato. Pero a juzgar por el ruido de cacerolas que venía de la cocina, Popota debía de estar precisamente allí haciendo el ganso, como siempre.

—¿Qué son esos pasos en la escalera? —preguntó Koróviev, jugando con la cucharilla en la taza de café.

—Es que vienen a detenernos —contestó Asaselo, y se tomó una copita de coñac.

—Ah… Bueno, bueno… —dijo Koróviev.

Los que subían las escaleras ya se encontraban en el descansillo del tercer piso. Dos fontaneros hurgaban en el fuelle de la calefacción. Los hombres cambiaron expresivas miradas con los fontaneros.


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