El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—Todos están en casa —susurró uno de los fontaneros, dando martillazos en un tubo.

Entonces el que iba delante sacó sin más una pistola «Mauser» negra, y el que iba a su lado unas ganzúas. Hay que explicar que los que se dirigían al piso número 50 iban perfectamente equipados. Dos de ellos llevaban en los bolsillos unas redes de seda fina, que se desenvolvían con facilidad. Otro tenía un lazo y otro máscaras de gasa y ampollas de cloroformo.

La puerta principal del piso número 50 fue abierta en un segundo y todos se encontraron en el vestíbulo; el portazo de la puerta de la cocina indicó que el segundo grupo había llegado al mismo tiempo por la entrada de servicio.

Esta vez el éxito, aunque no fuera definitivo, era evidente. Los hombres se repartieron inmediatamente por todas las habitaciones, y aunque no encontraron a nadie, en el comedor recién abandonado descubrieron los restos del desayuno, y en el salón, sobre el estante de la chimenea, junto a un jarrón de cristal, un enorme gato negro. Tenía en sus patas un hornillo de petróleo.

Los hombres se quedaron bastante rato contemplando al gato en silencio absoluto.

—Hum…, pues es verdad, está estupendo… —susurró uno de ellos.


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