El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Saltando por los humeantes recuadros del parquet, dándose palmadas en los hombros y el pecho que echaban humo, los que estaban en el salón retrocedían al dormitorio y al vestíbulo. Los que se encontraban en el comedor y en el dormitorio corrieron por el pasillo. También llegaron los de la cocina, metiéndose en el vestíbulo. El salón ya estaba en llamas, lleno de humo. Alguien tuvo tiempo de marcar el número de los bomberos y gritó en el aparato:

—Sadóvaya, 302 bis.

Era imposible quedarse por más tiempo. El fuego saltó al vestíbulo; se hizo difícil respirar.

En cuanto se escaparon por las ventanas rotas del piso encantado las primeras nubes de humo, en el patio se oyeron gritos enloquecidos:

—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Un incendio!

En distintos pisos de la casa la gente empezó a gritar por teléfono:

—¡Sadóvaya! ¡Sadóvaya, 302 bis!

Mientras en la Sadóvaya se oían las alarmantes campanadas de los alargados coches rojos que corrían por Moscú a gran velocidad, encogiendo los corazones, la gente que se agitaba en el patio pudo ver cómo de las ventanas del quinto piso salieron volando, en medio de la humareda, tres siluetas oscuras, que parecían de hombre, y una silueta de mujer desnuda.


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