El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Se ponÃa el sol. En la terraza de piedra de uno de los edificios más bonitos de Moscú, construido hace unos ciento cincuenta años, en lo alto, dominando toda la ciudad, estaban Voland y Asaselo. No se veÃan desde la calle, porque permanecÃan ocultos a las miradas innecesarias por unos jarrones de yeso con flores, también de yeso. Pero ellos veÃan la ciudad casi hasta sus lÃmites.
Voland se sentaba en un taburete plegable, iba vestido con su hábito negro. Su espada, ancha y larga, estaba clavada verticalmente entre dos losas de la terraza, haciendo de reloj de sol. La sombra de la espada se alargaba lenta pero firme, acercándose a los zapatos negros de Satanás. Con su barbilla azulada apoyada en el puño, encorvado en el taburete, sentado sobre su pierna, Voland miraba, sin desviar la vista del enorme conjunto de palacios, edificios gigantescos y pequeñas casuchas destinadas al derribo.
Asaselo habÃa abandonado su atuendo moderno: chaqueta, sombrero hongo, zapatos de charol y, como Voland, vestÃa de negro; estaba inmóvil junto a su señor y al igual que él, no apartaba la vista de la ciudad.
Voland habló:
—Qué ciudad más interesante, ¿verdad?
Asaselo se movió y contestó con respeto:
—Messere, me gusta más Roma.
