El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Si has venido a verme, ¿por qué, entonces, no me saludas, ex recaudador de contribuciones? —habló Voland con severidad.
—Porque no quiero que sigas con salud —contestó insolente el recién llegado.
—Pues tendrás que conformarte con ello —repuso Voland y una sonrisa desfiguró su boca—, casi no has tenido tiempo de aparecer en el tejado y ya has dicho una necedad, y te diré en qué consiste: en tu tono. Has pronunciado las palabras como si no reconocieras la existencia del mal y de las sombras. Por qué no eres un poco amable y te detienes a pensar en lo siguiente: ¿qué harÃa tu bien si no existiera el mal y qué aspecto tendrÃa la tierra si desaparecieran las sombras? Los hombres y los objetos producen sombras. Ésta es la sombra de mi espada. También hay sombras de árboles y seres vivos. ¿No querrás raspar toda la tierra, arrancar los árboles y todo lo vivo para gozar de la luz desnuda? Eres un necio.
—No quiero discutir contigo, viejo sofista —respondió Levà Mateo.
—Es que no puedes discutir conmigo por la razón que ya he mencionado: eres necio —dijo Voland, y preguntó—: Bueno, dime rápido, no me canses, ¿para qué has venido?
—Él me ha mandado.
—¿Y qué recado traes, esclavo?